29 diciembre, 2007

1

Era el 4to día que pasaba en la capital, despertó tarde, bueno tarde para alguien que labora de lunes a viernes, tal vez, despertó cuando una de las mucamas del hotel empezó a aspirar la habitación, no la sintió entrar, era como si siempre hubiese estado allí. Abrió los ojos muy despacio, estiró los dedos de las manos como si fueran la única parte de su cuerpo capaz de moverse.

No le sorprendió que la mujer hubiera entrado sin tocar, eso estaba en duda aún, tal vez solo apareció allí o siempre estubo y es parte de la habitación.
Raquel estaba semidesnuda sobre la cama, una de sus piernas colgaba, descubierta, del borde de la cama, larga, muy larga, hasta que su dedo pulgar era capaz de rozar el parquet, solo entonces terminaba.
-! Dios mío! Pensaba. –Tal vez soy un cadáver, tal vez el hotel es tan malo que aqui ya nadie respeta el intento de privacidad que pago por 15 dólares la noche, pero si fuese un hotel tan malo entonces no limpiarían el cuarto diariamente…

La mujer que hacia la limpieza era una morena, mujer negra de unos 55 años o más, llevaba una falda celeste muy ceñida que cubría sus piernas y solo dejaba ver un par de gruesas pantorrillas, negras también, medias blancas y zapatillas para correr, parece necesario si regresas a casa muy de noche y te toca estar sola en una calle cuando notas que alguien te venia siguiendo 10 cuadras atrás. Sobre el uniforme, típico de una mucama, vestía un polo amarillo con la propaganda de alguna radio local, tenia audífonos sobre las orejas, eran de un naranja fosforescente conectados a un mp3 que llevaba sujeto al brazo izquierdo, parecía uno de esos aparatos para medir la presión.

Raquel seguía tendida sobre la cama del hotel, sintiéndose un cadáver y contemplando a la mujer negra que aspiraba moviéndose sin ningún tipo de gracia. La imaginó madre, lavando ropa en alguna azotea de un barrio pobre de esa extraña ciudad, discutiendo con una hija que lucia también negra pero delgada. Era tosca, se movía brusca, levantaba cada punta del edredón y lo tiraba sobre la cama, sobre Raquel, solo cuando estuvo a punto de recoger el pie que rozaba el parquet Raquel grito y con un solo movimiento parecido al dolor se puso en cuclillas con la espalda hacia la pared abrazando ambas piernas recogidas sobre su pecho. No fue el grito sino todo el movimiento absurdo de las sabanas lo que hizo que la mujer se sobresaltase, como si hubiera visto un cadáver por primera vez, fué un susto mudo, abrió la boca inmensa pero ningún sonido salio de allí. Raquel sonrió nerviosa y la mujer después de algunos segundos cerró la boca y sonrió aún con la boca cerrada, apenada, se disculpó en el idioma extraño y salió de la habitación caminando de espaldas hacia la puerta, sin quitar los ojos de Raquel.

No hay comentarios.: